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Y fuera de ambos viven los cautivadores personajes de esta novela: la amante casada del narrador, Clare Bayes, una mujer condicionada por algo a lo que asistió pero que no recuerda; el amigo Cromer-Blake, homosexual irónico que vive fabricando experiencias intensas para una vejez que prevé solitaria; el ya retirado y sagaz profesor Toby Rylands; el merodeador Alan Marriott, con su perro de tres patas y su conocimientos sobre la «pareja espantosa» que todos tenemos; y mucho otros, algunos extraordinariamente divertidos, hasta llegar al personaje que viene de otro tiempo, el enigmático escritor John Gawsworth.
En un mundo de secretos e intrigas, de ritos ceremoniosos y cenas disparatadas, de pasados ocultos y enfermizos presentes, el narrador va tejiendo su propia «perturbación» y su propia historia con la de los habitantes de la ciudad «conservada en almíbar», hasta descubrir que elementos tan dispares como un puente ferroviario sobre un río en la India, unos amantes desdichados, una carrera de espía o la diminuta isla de Redonda, pasarán a formar parte de su vida, marcada ya para siempre por esas relaciones inesperadas de amor y amistad entre todas las almas.
Cuando en 1964 se publicó Un hombre soltero, su descripción vívida, franca, enternecedora y empática de la vida de un homosexual pasados los cincuenta causó sensación. George está adaptándose a vivir solo tras la muerte repentina de su novio en un accidente de tráfico. Decidido a continuar con las rutinas de su vida diaria hace muecas a los niños del vecindario, da sus clases sobre Aldous Huxley, chismorrea, bebe demasiado, se perturba ante la vista de un joven jugador de tenis, y se ilusiona por una cita con uno de sus estudiantes. Este inglés afincado en el sur de California y profesor universitario es un forastero, y tanto sus reflexiones internas como su relación con los otros revelan a un hombre que, a pesar de las injusticias cotidianas y de la soledad, ama la vida. Esta edición incluye la entrevista que Winston Leyland, director de la revista Gay Sunshine, le hiciera a Christopher Isherwood en 1973.
Stuart y Gillian se conocen en una reunión organizada en un hotel por una agencia matrimonial que organiza cócteles para solteros de buena posición que, por diversas circunstancias, tienen una escasa vida social. Stuart es un cuadro medio de un banco, un buen chico, sensible aunque algo soso, y Gillian una restauradora de cuadros encantadora. Se casarán, pero entra en escena Oliver, el mejor amigo de Stuart, bohemio y presunto dandy, que se las da de conocer mundo aunque no ha pasado de Marbella, quien se enamora perdidamente de Gillian. Y Barnes obsequia a los lectores con su moderna versión del triángulo eterno.