
Yo miraba al hijo de mi vecina, todo torcido en su cochecito, con las órbitas llenas de sol, y me preguntaba qué prohibición le impedía moverse, ver, oír, hablar, levantar una mano para limpiarse la boca. Miraba a su madre y la admiraba a escondidas. La admiraba por haber hecho eso, un crío prohibido que babeaba y encajaba todo el cielo en sus ojos.
He escrito esta historia sin permiso, ni siquiera el de él, ni siquiera el de su madre, sólo para decir con retraso qué guapo tu hijo, al cruzar el patio antes de abrir el portón.
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